Me he quedado sin ordenador.

30 mar. 2011

Por el momento.

Hace cosa de un mes, se estropeó de muy mala forma mi viejo compañero de fatigas, mi ordenador de sobremesa, con su apoteósica pantalla de tubos catódicos. Por fortuna, tenía mi portátil nuevo, así que no me preocupó (demasiado) en su momento.

El pasado sábado, el portátil empezó a funcionar mal y a hacer determinadas cosas que resultan más molestas que un maratón de Bleach. Lo comenté con mi padre, y ambos decidimos que lo mejor sería formatearlo. Así que, mientras voy sacando del disco duro todas mis cosas, todos mis juegos, toda mi música y, en fin, todo aquello que he ido adquiriendo de forma dudosa gracias a Internet, no podré usarlo. Obvio. Porque además, en el último momento ha tenido la osadía de ser alcanzado vilmente por un virus. O eso parece.

Resumiendo, estoy jodido. Lo único bueno es que Mota no podrá darme el coñazo. Hasta que se acuerde de mi número de teléfono.

Esto, además, ha coincidido con la época del curso en la que estoy de exámenes. Llevo estudiando desde las cinco de la tarde y me he cagado cuatro veces en los muertos de Rafael, seis en los de Brunelleschi y catorce en los de Miguel Ángel.

Por lo que, Absurdérrimo se tomará las primeras vacaciones de toda su historia. ¿Cuánto durarán? Espero que poco, pues no tengo ni idea. Mientras no se complique la cosa del portátil, y no tenga que hacer ninguna recuperación de última hora, imagino que con una semana, más o menos, será más que suficiente para que las cosas vuelvan a su cauce.

Básicamente, eso es todo. Nos olemos.
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Algo pasa en los Centros Pokémon.

21 mar. 2011

Remansos idílicos de paz.

Aquellos que pudimos jugar a los primeros cartuchos Rojo y Azul lo sabemos. Una felicidad que solía materializarse al ver el cartel que anunciaba la llegada a un pueblo o ciudad, tras recorrer determinadas rutas. Tras salir de Lavanda, no sé si se acordarán, había una distancia mortífera hasta llegar a Fucsia. Por poner un ejemplo. Realmente lo primero que cualquiera haría al llegar a una nueva ciudad sería salir disparado hacia el edificio de tejado rojo.

El Centro Pokémon.


El Centro Pokémon, aquel espacio bucólico en el que pasamos un buen porcentaje de nuestra infancia. Básicamente servía para curar de forma totalmente gratuita a tu equipo Pokémon y para organizarlo mediante el PC. ¿Y qué más necesitabas? Sí, comprar pociones y Poké Balls estaba bien y tal, pero seamos francos. Es la mejor invención de todo el universo Pokémon.

Finalmente, consiguieron convencerme para que me bajara el Pokémon Blanco y le echara un vistazo. Vale, perdí una apuesta.

No me molesta demasiado el hecho de que hayan juntado el Centro Pokémon con la tienda. No, no demasiado. Tampoco vamos a hablar de esos píxeles asesinos que casi me dejan ciego o de lo poco que aprecio a la quinta generación. Lo que me molesta es otra cosa. Algo nimio, muy nimio. Quizá por eso resulte tan alarmante, ya que el juego lo deja a tu gusto e imaginación. Me explicaré.

Normalmente cuando voy al Centro Pokémon y curo a mis Pokémon, obviamente, la simpática enfermera me despide con un cordial y obligatorio: "Vuelve cuando quieras". Hasta aquí, perfecto.

Pero por otro lado, en Pokémon Blanco, cuando voy al Centro Pokémon y curo a mis Pokémon, la enfermera me despide de una forma algo diferente. La enfermera, al restaurar totalmente a mis Pokémon, me hace una reverencia y me dice: "Esperamos volver a verte".

Vale.

¿Para qué?

Recapitulemos. El Centro Pokémon, a fin de cuentas, no es más que un hospital. Un hospital. Obviamente, los hospitales necesitan dinero, de ahí que cobren tan generosamente a sus pacientes. ¿Cuál es el problema?

Los Centros Pokémon son gratuitos.

Aquí pasa algo raro. En el caso del hospital sería de muy mal gusto, pero decir "Esperamos que le tengan que volver a ingresar para que sus familiares nos paguen otro pico cada mes" puede ser completamente factible. De algo tendrán que vivir, los pobres cirujanos. Esperamos volver a verte, porque eso significaría dinero. No es plausible, pero tiene sentido. Puedo entenderlo.

Pero, ¿"Esperamos volver a verte", en un Centro Pokémon, absolutamente gratuito? Aquí pasa algo raro, muy raro.

Además, ¿cómo exactamente estás curando a mis Pokémon? Al final será verdad eso de que los Pokémon se crían con paciencia, amor y muchas drogas (aka Carameloraros).

Puede que recuerden la primera película de Pokémon. Si no, les envidio: fue horrible. En ella, Mewtwo consigue crear clones de los demás Pokémon que aparecen. Por tanto, ¿no podría ser que esa máquina que todo Centro Pokémon tiene tras el mostrador, sea en realidad un escáner que se emplea para clonar Pokémon? Es una posibilidad, piensa que hay Pokémon salvajes infinitos.

¿Y sí, por otro lado, no son los Pokémon la fuente del interés que tiene la enfermera en que vuelvas al Centro? Piénsalo, hablamos de una mujer, soltera fijo, que trabaja 24 malditas horas diarias, sin tener un puto descanso. Normal que al ver a cualquier pardillo con un mínimo de inocencia (o sea, nosotros), sus bajos instintos y oscuras perversiones florezcan casi inmediatamente. Por otro lado, yo siempre me elijo a la entrenadora. ¿Será la enfermera lesbiana?

Pero, si no se diese el caso, ¿significaría que dicha enfermera está obligada a trabajar de este modo? Puede que tenga un grillete en la pierna y que sólo pueda liberarse al curar un determinado número de Pokémon.

Señores. Oscuros negocios se mueven en el universo de Pokémon.
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Odio a la gente que pone excusas cuando pierde.

16 mar. 2011

Cuando era pequeño (sí, lo fui en su día), normalmente, dado mi estado de ánimo poco amigable que para bien o para mal me solía caracterizar, me decantaba principalmente por los videojuegos de lucha.

Juegos que, por supuesto, ganan muchísimo cuando no sólo puedes entretenerte un rato, sino que además puedes vapulear ampliamente a cualquiera de tus hermanos, primos y/o amigos. Humillarlos, destrozarlos, triturarlos. Encadenarles un buen combo en la boca a base de patadas. Lo que viene a ser el arte ya olvidado de dejar al rival por los suelos, echado a perder debido a la prostitución que han sufrido los videojuegos a lo largo de estos años. Pero bueno, la idea es básicamente la misma.

En mis tiempos mozos, era una práctica habitual. Reunirse un buen puñado de personas para jugar a un videojuego de lucha. Y he de decir que nunca consiguieron ganarme. Es muy cierto que tanto mi hermano, como mis primos, como la mayoría de conocidos que jugaban contra mí eran, por decirlo sin faltarle el respeto a nadie, unos putos mantas. Pero mira, un bonito recuerdo que tengo de mi niñez.

Claro está, dicho videojuego, por tradición, fue siempre el mismo. Siempre.

 O sea, el Tekken 3.

Tekken 3, un maldito clásico de la PSX. En cuanto a juegos de lucha, no había otro. Sí, vale, estaba Soul Calibur (que en aquel entonces era Soul Blade), pero en aquella época era muy pequeño e inocente, y uno a esa edad no se da cuenta del encanto de los personajes de Soul Calibur. Encanto que, de todos modos, sólo empezó a ser flagrante en el Soul Calibur III.

Nota recordatoria para los lectores: soy un hombre.

La cosa es que Tekken 3 era lo que había, y poco más. Sí, decir esto es hacerle un feo, primero a Soul Blade (y posteriormente Soul Calibur), pero también a Mortal Kombat, a King of Fighters, a Bloody Roar, a Digimon Rumble Arena y a varios más que me dejaré, seguro (excluimos el Street Fighter al no ser santo de mi devoción y al Dead or Alive al ser más un juego erótico que de lucha), pero que me la sopla. Por lo que, básicamente, Tekken siempre me ha tirado más que el resto, motivos de nostalgia, se siente. Además de que en la última entrega han incorporado a una chica mecha con motosierras en los brazos. No sé que más puedo pedir.

Pero volviendo a esas largas tardes en los que el pringado que perdía pasaba el mando, no puedo evitar hacer una de mis amargas reflexiones sobre lo que viene a ser el mero hecho de que, por algún extraño motivo que no alcanzo a entender, a la gente no le gustara perder contra mi. Entiendo que odien perder, pero a ver, chavales, ¿quién coño os creeis que soy? Mientras vosotros estais por ahí de bureo jugando al escondite y al fútbol yo me quedo en casa practicando combos con Yoshimitsu. Combos que, por cierto, se me han olvidado casi en su totalidad. Ahora soy más de Alisa, Law, Jin o Bryan.

Y vaya. Ahora con dieciocho años, te tomas la derrota como un paso más hacia una futura victoria, de forma filosófica, como un hombre, maldita sea (excepción: Shin Megami Tensei, en ese caso es el "Un, Dos, Tres, Despotrica otra vez"). ¿Con ocho, nueve años? Me cago en tus muertos; lo más suave que sale de tu boca. A día de hoy, sigue haciéndome mucha gracia las excusas que me ponían aquellos payasos. He aquí una pequeña recopilación de las más sonadas.

1 - No sé jugar.

No había un solo maldito día en el que alguien no lo dijera. "No sé jugar, no sé jugar".

Lo que no sabes es perder, hijo de puta.

Vamos a ver, que es muy sencillo. Entiendo que uno, como ser civilizado y humano que es, necesite qué menos que dos, tres partidas para empezar a acostumbrarse a los controles y a aprender un poco a saber cuando atacar y cuando defender. Pero a ver, que esto me lo dices el primer día y mira, cuela. Nos echamos unas risas, unas palmaditas amistosas en la espalda y todos tan contentos. Empieza a perder consistencia (y coherencia) a partir del segundo día. Y te recuerdo que te grabé el juego hace varios meses, así que no te quejes tanto.

2 - No sé controlar a este personaje.

Ah. Ya. Claro. Mira, este tiene algo más de consistencia. Entiendo que, como es de esperar, cada personaje tiene diversos movimientos, habilidades y estilos de pelea y que, por ende, las combinaciones de botones que sirven para x personaje, no sirven para y.

Así que, vale, es comprensible, te lo perdono.

Y una mierda. 

Pues no te elijas a ese puto personaje, de verdad, no vas a ser más guay porque me ganes con un personaje que no has usado en tu puta vida. Está bien eso de ir probando personajes y no luchar siempre con el mismo, no te lo niego, pero vamos, ya me entienden.

3 - Es que mi personaje era una tía.

Oh, vale, perdona. Tienes razón, ha sido un fallo tonto por mi parte, mis disculpas.

Samus Aran era una mujer. Jade era una mujer. LA ENTRENADORA POKÉMON ERA UNA MALDITA MUJER.

Calma, calma. En fin, preparen los facepalm que la que viene ahora es buena.

4 - Es que no me dejas atacar.

PUES CLARO QUE NO, IDIOTA. ESTO ES UN PUTO JUEGO DE LUCHA. UN MALDITO Y JODIDO JUEGO DE LUCHA. EN SERIO, ¿EN QUÉ COÑO ESTÁS PENSANDO? ES COMO SI CUANDO VAS A HACER UN EXÁMEN LE DICES AL PROFESOR: "PROFESOR, ¿POR QUÉ NO ME DEJA USAR CHULETAS?" 


ES ESTÚPIDO. ES JODIDAMENTE ESTÚPIDO. ES DE RETRASADOS. DE MALDITOS RETRASADOS.

ES MÁS, ¿SABES QUE TE DIGO? ¡QUE COJAS TU PUTO PERSONAJE, TU PUTO MANDO Y TE LARGUES DE MI CASA! ¡NO VUELVAS MÁS POR AQUÍ, IMBÉCIL!

En serio, odio a esta gente.
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Las locas aventuras superdivertidas... ¡DE MOTA!

11 mar. 2011

Mota, ser magnificado ya de por sí gracias a su falsa egolatría que ha ido digievolucionando gracias al paso de los años y de los cubatas, no es más que uno de los muchos compañeros de clase que he tenido que soportar durante mi vida. Que se haya consolidado como una persona desquiciante, cateta y falta de vergüenza ajena no resultaría ningún misterio, de no ser porque, en Mota, dichas cualidades, si no defectos, están elevadas al cubo. No, más aún.

Méndez: Mota, así no llegarás a ninguna parte.
Mota: Qué dices, si ya tengo tres entradas en tu blog.
Méndez: Hijo de puta. 

Pero, esta vez, debo anunciar algo. En esta ocasión, la entrada no se limitará en las nada interesantes conversaciones que yo, como humano lógico y racional que soy, mantengo con Mota por msn. No, ni hablar. Será algo más maquiavélico, más retorcido.

Y, como hace mucho, pero mucho tiempo que no veo a Mota, cuando comenzaba a preparar esta entrada, he ido recordando muchas de las gilipolleces que hacía tanto en clase como fuera de ella, en tiempos mozos.

Efectívamente, esta vez será justo eso.

Las locas aventuras superdivertidas de Mota.

Lo primero que se me viene a la cabeza sobre Mota cuando pienso en él (además de un repelús que me recorre la columna vertebral), es un recuerdo que tengo de hace, más o menos, unos tres años.

Por cosas del destino, al cual le mando un caluroso saludo y mis más sinceros deseos de que se muera de diarrea, acabé sentado al lado de Mota en clase durante todo un curso. Así que sus tonterías salpicadas de saliva me golpeaban directamente. Una de ellas, fue cierta ocasión en la que discutíamos sobre el destino del viaje de fin de curso. Como podrán imaginar, Londres e Inglaterra en general era una de las opciones más apetecibles. Esta decisión pareció alegrar enórmemente a Mota, quien, con todos los ánimos y la impetuosidad del momento, se levantó como una exhalación de la silla y anunció en voz alta lo siguiente.

Mota: ¡Yo quiero ir a Londres, que así podré ver la Torre Eiffel!

Conozco a Mota de hace más de diez años. Sé que lo dijo en serio. Lo juro.

En ese mismo viaje, que más tarde se realizó, me ví obligado a compartir habitación con Mota. Bueno, realmente la única persona que me caía bien de toda la clase no fue, así que, a grandes males, grandes remedios.

La cosa es que, cuando llegamos a la habitación, perdí de vista a Mota. Eché un ojo por el cuarto y por la planta, pero no lo ví por ninguna parte. Animado por esto, me tumbé tranquilamente en la cama. Poco me duró la paz, ya que Mota apareció por la puerta con una sonrisa triunfal mientras sostenía una montaña de sobres de azúcar y café.

Méndez: Mota, normalmente evitaría iniciar cualquier conversación contigo, pero, ¿qué haces con eso?
Mota: Nada, lo he pillado gratis en la cafetería.
Méndez: Deja de hacer tonterías, anda.

Pero Mota no me escuchaba. Tenía la mirada clavada en el techo. Miré hacia arriba para ver qué demonios podría haber llamado su atención, y me maldije en aquel mismo instante: el ventilador. Era verano, así que lo tenía puesto en la máxima velocidad. Cuando volví a mirar a Mota, ya había lanzado todos los sobres al ventilador. Creo que el nefasto resultado pueden imaginárselo.

Para quitarse de encima aquella especie de mejunje Art Attack que había creado, Mota tuvo una brillante idea; bañarse. Así que abrió el grifo de la bañera, puso el tapón, cerró la puerta del baño tras de sí y se dispuso a abrir su maleta para coger la ropa limpia. Mientras lo preparaba todo, unos compañeros de clase vinieron a la habitación y se acoplaron a jugar a una PS2 que Mota se había conseguido traer. Yo me limitaba a leer mi libro y a hacer una mueca de asco cada vez que marcaban un gol en el Pro.

No recuerdo cuanto tiempo pasó, pero harto ya de oirlos, decidí salir a dar una vuelta por el hotel. Dejé el libro abierto por la página que estaba leyendo y bajé de la litera.

CHOF.

Agua. Me quedé un rato medio paralizado, mirando a Mota con ganas de arrancarle la cabeza de un mordisco. Respiré hondo, intentando calmarme. No lo conseguí, así que le increpé a Mota con mi habitual amabilidad.

Méndez: ¡PERO SERÁS IMBÉCIL! 

Mota fue corriendo, chapoteando por la habitación, hasta el baño. Salía agua de debajo de la puerta. Mota abrió la puerta. Repito: Mota, abrio, la, puerta.


Mota cogió sábanas de todos los cuartos que pudo y las puso en el suelo a modo de esponjas. Funcionó medio bien, he de decir, pero Mota no durmió en la habitación esa noche.

Dejando a un lado esta desastrosa experiencia, no voy a negar que Mota sea una persona con un mínimo de imaginación. Cierto día, íbamos a hacerle un regalo a un profesor de se jubilaba, así que entré con Mota en una tienda cualquiera. Y Mota, no tiene pelos en la lengua.

Mota: Señor, ¿tienen Chuflay?
(Nota: Tras años, he descubierto que, de hecho, el Chuflay existe, es un tipo de bebida boliviana. Pero Mota lo dijo creyendo que esa palabra no existía.)
Dependiente: ¿Perdón?
Mota: Chuflay.
Méndez: ¿Perdón?
Dependiente: ¿Y eso qué es?

Mota se quedó dubitativo unas milésimas de segundo. Y lo que dijo, jamás se me podrá olvidar en la vida, por mucho que lo intente.

Mota: Hombre, pues un Chuflay. Una guitarra pero sin laud. Como cuando pides en el McDonald's un Chuflay de naranja sin lechuga, pues eso. Un Chuflay.


Agarré a Mota y lo saqué de allí a rastras antes de que el dependiente pudiera reaccionar. Creo que aquel hombre necesitará un psicólogo para el resto de su vida.

Mota es el individuo más desconcertante que jamás he visto en toda mi vida. Es hipnótico, parece moverse a cámara lenta. Lo he observado en muchas de sus facetas y estados de ánimo, y no consigo encontrar un motivo de su forma de ser. Supongo que vive a su manera, lo cual, a pesar de su pésimo gusto musical, su evidente falta de vocabulario, su horrible ortografía, la ausencia de principios, moral y lógica en su comportamiento y la repulsión que me hace profesarle, dice mucho de él.

...

Y una mierda.

Mota es idiota. Punto.
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Se ha terminado el Carnaval (y sigo vivo).

9 mar. 2011

Al menos, parcialmente.

Bueno, de ser francos, el último día es este próximo sábado, pero como no va a haber más bacanales de cuerva y temas de reggetón remixados (sí, más aún) hasta dicho día, el cual me largo a Lorca a pasar tranquilamente la tarde, pues lo considero más que acabado.

Claro está, no me he molestado ni un maldito día en salir a ver el desfile, pero debido a la casualidad que se da al salir dicho desfile de justo delante de mi casa, no me ha quedado otro remedio que cruzarme con esos indeseables y atravesar multitudes de gente con cociente intelectual de dos cifras. Oh, sí, fue horrible. Demasiado.

En fin. Muchos quizá se pregunten qué he estado haciendo todo este tiempo. En cómo no he sucumbido ante la atroz verbena y el guateque de vómitos y dolores de cabeza. Pues nada en especial. Bueno, me pillé el Dynasty Warriors 4 Empires, eso quizás ayudó un poco.

 Zhou Tai es la caña.

Pues eso, nada a destacar de estas infernales fechas. Referente a mí.

El domingo se me ocurrió salir un rato de casa, aprovechando que no había comenzado el desfile y que la gente estaba con resaca y no había salido aún. Cuando volví, abrí la puerta de casa, me encontré de sopetón con mi hermano.

Hasta aquí bien.

DE NO SER POR EL HECHO DE IR DISFRAZADO DE BEBÉ.

Con un pañal gigante, unos patucos gigantes, un babero gigante, un gorro gigante y un sonajero gigante.

Conforme lo ví, me giré y cerré la puerta. Estuve un rato dando vueltas a la manzana hasta que se me pasó el shock y dejé de echar espuma por la boca. Cuando volví a abrir la puerta, se había ido.

Pero fue horrible. Horrible.

Terminando ya con esto, para los que pedían otro especial de Mota, tengo malas y buenas noticias. Será algo  más macabro y más tétrico que Mota. Ahí lo dejo.
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¡Ya están aquí los nuevos Pokémon Blanco y Negro!

4 mar. 2011

Menudo puto asco.

Me voy a jugar al Cristal. Que os den.

Hasta dentro de dos semanas no tocaré otro juego.
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Me cago en el mundo, hoy empieza el Carnaval.

3 mar. 2011

Entre los infinitos factores que degradan al ser humano hasta muy por debajo de la categoría de ameba, existe una en la que se debería hacer un mayor hincapié. No, no es el maltrato animal. No, no es el fútbol. No, no es Shakira. Es algo peor.

Da la luctuosa casualidad de que yo, ya sea por esta o por aquella circustancia, he acabado en un poblacho cuyos pocos habitantes apenas suman diez neuronas entre todos. Para algo estoy yo, para compensar. Si en el fondo soy un pedazo de pan. De todos modos, no es la primera vez que manifiesto mi poco aprecio por Águilas. En unas pocas palabras, es una puta mierda. Tampoco es que exista una ciudad por la que tenga especial predilección; en todas ellas hay idiotas. Eso seguro. Pero Águilas tiene el mayor porcentaje de idiotas por metro cuadrado que haya podido ver en toda mi vida. No sólo por el hecho de llevar viviendo aquí unos 18 años.

Pero Águilas tiene algo más. Sí, sí, algo más. Algo que se repite año tras año. Y cada vez peor, puesto que cada vez tengo menos paciencia (y más dinero ahorrado para mi motosierra). Se trata del puto Carnaval.

Carnaval, fiesta inmunda que, desgraciadamente, se celebra cada vez en más sitios. No te confíes. En Águilas es más grave. Mucho más grave de lo que te imaginas. De hecho, creo que es hasta considerado como una fiesta de interés nacional. No le hagan mucho caso a esto último, pero de verdad, es enfermizo, insano y absolutamente denigrante. El Carnaval, aquí en Águilas, no se limita a dos o tres días con sus desfiles, sus fiestas, su cuerva y todas esas cosas para gente corriente y moliente.

Ojalá.

Y ojalá Rena los matara a todos. 

En Águilas, el Carnaval en sí empezará (imagino) hoy jueves, con la llamada Musona. La Musona es una mujer (o eso dicen) que habitualmente se disfraza de monstruo y que, bien entrada la noche, baja del castillo (si es que a esas pocas piedras que quedan se le pueden llamar castillo). No, ya está, se limita a eso.

¿La gracia de eso? No lo sé. Pero todo el pueblo va a la cuesta del castillo para verla bajar y "asustar" a la gente. Un año, unos compañeros de clase me hicieron ir a verlo. Compañeros a los que dejé de hablar, obviamente. Menuda puta mierda. Sí, hay fueguitos y lucecitas, y una gorda disfrazada dando saltos por la calle. Coño, en Transformers también hay efectos especiales y putones de tres al cuarto (aka Megan Fox) y sigue siendo una putísima mierda. En fin. Siento desviar el tema. Es que hasta las películas de Transformers me gustan más que el Carnaval.

Luego, hay desfiles y juerga hasta el martes. Bueno, hasta el miércoles, hay que tener en cuenta que la fiesta sobrepasará la medianoche. Bueno, hasta el jueves, contemos también la resaca. Después de eso, a la semana siguiente, hay un último desfile para cerrar el Carnaval. Más o menos es algo así como la saga de Frieza de Dragon Ball. Piensas que el bastardo está muerto, pero en cuanto te das la vuelta, ahí sigue, con un gorro de bufón y una jarra de cuerva en la mano. Hijos de puta.

Y, ¡espera! Que aún queda el Carnaval de verano. Básicamente es un día, secretamente preparado, de Julio o Agosto, en el que las peñas deciden tocarme los cojones y regresar a las calles. Esto es verdad, ni lo anuncian ni nada. Hace un par de años me pilló en la calle cuando lo organizaron. Salí del cine, probablemente de ver una película de mierda, y me encuentro un cóctel de purpurina, Caribe Mix y travestis en frente de mis narices.

 Nunca hay una a mano cuando la necesitas.

Pues eso, el Carnaval es una puta mierda.

Gente normal, gente vulgar y gente feliz en general me dirá: "Pero bueno, si es solo una vez al año. No es para tanto. Deberías disfrutarla, salir con la gente, divertirte. Seguro que te acaba gustando y todo."

Iros a la mierda.

Vamos a ver. Seamos justos. Analicemos un poco lo que ofrece esta fiesta:

-Macrobotellones. Como dato extra, el 95% de la gente que consume alcohol en Carnaval es menor de edad. Es verdad. Cuando estaba en 3º de ESO, escuchaba a mis compañeros hacer apuestas para ver quien bebía más. Una vez a un chico le dió un coma etílico.
-Disfraces. Que por cierto, son todos iguales, año tras año. Unas mallas viejas, una especie de coraza con lentejuelas y purpurina y muchas plumas en la espalda. Cambian de vez en cuando el color, pero nada más.
-Mucho ruido. Y lo llaman música. ¿Música? Algún día Wagner resucitará como un androide zombie y nos exterminará a todos.
-Más botellones. Que no falten, coño. Que da igual lo que pase, todo se arregla con la frase estándar: "Que son fiestas, coño".
-Indeseables intentando convencerte para que salgas a dar una vuelta. Qué hijos de puta.

Más o menos, eso es lo que ofrecen. Ni alegría, ni jolgorio. Alcohol y ruido.

Y, bien. ¿Qué cosas quiero yo cuando el sistema me premia con unos pocos días de vacaciones?

TRANQUILIDAD.

A ver, soy un puto estudiante de mierda, maltratado y agotado por trabajos, dibujos, exámenes, dibujos y más dibujos. Dejadme tranquilo. Mirad, nunca he matado a nadie, pero siempre hay una primera vez para todo. De verdad, el Carnaval no es divertido. No puedo imaginarme qué le ven de divertido. Puede que mi concepto de diversión diste del tuyo, amante del Carnaval, pero aún así, soy medianamente inteligente, puedo ponerme en tu piel, pero ni aún así puedo comprenderlo.

Ni quiero saber que demonios tiene de divertido. Y si alguien me lo intenta justificar, o me intenta convencer de lo contrario, que sepa que le deseo una muerte lenta, dolorosa y llena de vómitos, diarrea y sangre. En ese orden.

Por cierto, ¿saben qué? ¿Saben de dónde arranca el desfile de Carnaval de Águilas?

Justo enfrente de mi puta casa.

Me cago en el mundo, en Dios, en toda la puta corte celestial, en los creadores de K-ON y en el maldito Carnaval de los putos cojones.
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